lunes, 3 de octubre de 2016

Paseo botánico por Los Carriles (Alcobendas - donde pretenden hacer 8.600 viviendas nuevas).



El pasado domingo día 2 de octubre nos reunimos para protestar por la aprobación del proyecto de construcción de 8.600 viviendas junto al Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares con ganas de conocer un espacio que, si no lo paramos, tal vez en breve pase a engrosar las junglas de edificios de nuestra capital. 
 
Salimos a las 11.00 de la estación de Valdelasfuentes bajo un precioso cielo azul de… ¿otoño?

Vamos con buen ánimo esperando que nos expliquen las razones del enésimo pelotazo urbanístico. ¿No hay viviendas vacías en Alcobendas? Ah, parece que sí, la PAH de Alco-Sanse informa de un stock enorme de viviendas vacías. Entonces, ¿para qué necesitamos construir más? Ah, bueno sí, se me olvidaba. Hay constructores que necesitan pagar los colegios privados de sus hijos, los amarres de sus yates, las inyecciones de bótox, los bocadillos de caviar… todos productos de primera necesidad. Y por supuesto, siempre hay políticos esperando llevarse un pellizquito de cualquier promoción inmobiliaria que se precie.

Una breve pausa para que Paco (ARBA) nos explique la trayectoria del proyecto

Tras la introducción de Paco nos sumimos en la confusión. Parece que PP e IU han pactado para llevar adelante el proyecto. El único concejal de IU en el ayuntamiento, Juan Bautista Esteban, da su aval al proyecto aduciendo que Alcobendas necesita vivienda social. Curioso que no se pueda hacer esa vivienda en otras zonas de Alcobendas disponibles cuyo suelo no sea propiedad de, entre otros, el Arzobispado de Madrid. Curioso que un representante de un partido de izquierda (IU-Los Verdes, se llaman, ¿no?) no ponga la defensa del medioambiente en su agenda con argumentos populistas como la vivienda social. ¿Construir vivienda social nueva que se acaba pagando a precios de mercado cuando hay un inmenso parque de viviendas vacías? Ayayay, Juan Bautista Esteban, que se te ve el plumero. 


Subimos un repechito reflexionando sobre el proyecto

Los Carriles es un espacio abierto para pasear o ir en bici, con unas cuantas pequeñas explotaciones agrarias aquí y allá. La vegetación, ahora seca, es abundante. Aún es posible encontrar pastoreo en la zona, para deleite de papás y niñas urbanitas. Se pueden coger moras y avistar aves rapaces.

Las ovejitas, el Retorno

Los Carriles nos conduce a Valdelatas, donde podremos disfrutar de una rica sombra. Al acercarnos un poco ya podemos ver el oasis verde que representa, tan cerca de nosotros. Ver las copas de sus pinos y encinas es un lujo. Un lujo mucho mayor que el de los 800 chalets de ídem con vistas al bosque que contempla el proyecto de urbanización de Los Carriles. No obstante, un lujo amenazado. Con la construcción de esta urbanización y el fututo cierre de la M50 por Valdelatas, el bosque peligra. Parece que los políticos, con su visión fragmentaria del mundo, no se dan cuenta de que los ecosistemas sobreviven a duras penas en aislamiento: sin corredores ecológicos, es decir, sin vías de salida y de intercomunicación entre ecosistemas, la vida de flora y fauna de Valdelatas corre peligro. Además, la presión ejercida por la población sobre este ecosistema, ya frágil, será insostenible.



Flora y fauna de los Carriles. Al fondo, Valdelatas.

Llegamos al bosque de Valdelatas a la hora de comer. Hay mucho ambiente, muchas familias de picnic y muchos niños corriendo. ¡Eh, niños, no os acerquéis al agua! En un cartel grandote y viejo pone bien claro: AGUAS CONTAMINADAS. Los arroyos de la Almenara y de la Vega sufren los vertidos de las depuradoras y están que da pena verlos. A pesar de todo, comemos, pasamos un buen rato en compañía y como a las 15.00 la comitiva emprende el regreso. Nos vamos contentos de haber podido disfrutar de un cachito de naturaleza y seguiremos luchando para que no nos la arranquen.


Rosa canina (tapaculo o escaramujo) llena de frutos en Los Carriles. La foto no le hace justicia a la turgencia de esos frutos, ideales para hacer rica mermelada, hummmm.

lunes, 4 de julio de 2016

En el valle del Gévalo


En un rincón de los Montes de Toledo existen dos ríos que son difíciles de imaginar hasta que no los ves: el Gévalo y la garganta de Las Lanchas. Las Lanchas baja desde la ladera del valle del Gévalo por un valle angosto y de fuerte pendiente, en cuyas orillas encontramos algunas sorpresas botánicas (abedules, tejos, acebos, loros, robles...) que nos hacen creer que estamos en alguna provincia norteña; todo ello con tres espectaculares cascadas y sus correspondientes pozas. El río Gévalo, aunque largo y bien represado (herido) en su curso medio, en su cabecera atraviesa un cañón de cuarcitas que es una maravilla para los ojos, con bonitas pozas donde bucean las nutrias del Bolo. Los dos ríos están declarados reservas naturales fluviales (osea, que tienen un caché alto). Arberos, grameros y agregados (arberas y grameras y agregadas) trochamos por estas tierras y estas aguas.

Día 1. Garganta de las Lanchas
 
Las caminatas en verano hay que hacerlas tempranito y con el sol todavía bajo. Vale, empezamos mal... Salimos a las 12,30 desde Robledo del Mazo (nuestra base de operaciones) con un sol justiciero. La subida a la garganta de las Lanchas sucede sin darnos casi cuenta, pues el personal está animoso, fresco y sereno. En las zonas más bajas del valle, las repoblaciones de pinos se han impuesto al robledal, dejando el terreno muy desmejorado, pobre y sin gracia (como alguno que yo me sé).

"Preparaos, que hay 30º de nada... ¿Quién dijo miedo?"
Pero cuando nuestros pies llegan a las proximidades de la garganta, la vegetación (y el alma) mejora. Robles, brezos, algún sauce y arraclanes se hacen con la orilla del río. Pero entre todos estos árboles hay uno que destaca sobre los demás: los loros ¿Loros en Toledo? Sí, loros (Prunus lusitanica). El "enteradillo" nos explica que se trata de una especie de árbol, relicta, un resto de antiguos bosques de niebla del terciario que todavía sobrevive en el fondo de algunos valles peninsulares con unas condiciones de humedad y niebla adecuadas.

Y con los loros, llegaron las cascadas. La primera, muy fresquita, para darse una ducha. La segunda, más amplia, para darse una zambullida. Las notonectas quieren suicidarse tras la entrada de los expedicionarios en el agua. Más arriba, en río se encaja. Tejos, brezos, abedules y acebos crecen en la garganta profunda formando paisajes que recuerdan a climas subtropicales. Los sapos crecen gordos y orondos, como si estuvieran criados en Gózquez de Abajo.
 
Infantes bajo el chorro
Tras la comida hay quien sestea; hay quien crea tsunamis fluviales en las pozas; hay quien se cae al río; hay quien se baja a la segunda cascada... pero solo un grupo de valientes se atreven a remontar el valle. Realmente hay que estar algo tarado para emprender tal empresa, pero ya se sabe que esto es cosa de arberos y grameros (grameras y arberas). Entre los agregados (y agregadas) también los hay aguerridos (y aguerridas). Pues allí van, rumbo al collado del Atalayón, donde se puede divisar el rincón de Anchuras y la grandeza de las rañas castellano-manchegas. Allá, más a la derecha, debe estar Helechosa de los Montes, ese pueblo donde se escribirán en el futuro algunas de las más granadas crónicas. 
Aguerridos y aguerridas

Nuestros pasos deben dar media vuelta. Robledo del Mazo tiene tres bares, famosos en el mundo por su cerveza fría.

Suenan canciones, voces melodiosas, un penalti fallado, otro tercio por favor, corta más queso y un helado de chocolate. La felicidad está en Robledo del Mazo. La chiquillería de la expedición socializa con la población autóctona. Los viejunos se conforman con dormir con un cielo estrellado donde dar reposo a sus cansados cuerpos. 

Día 2. El estrecho del río Gévalo
 
 Tras la vivencia personal de cada cual con la noche (he pasado frío, roncabas, me da la tos, me duelen los huesos, ladró un zorro, no me he enterado de nada, qué habrá sido de nuestra descendencia...) el café llama fuertemente en las puertas del sistema nervioso de casi todos los expedicionarios. Robledo del Mazo no es conocido por grandes desayunos, pero la buena disposición y la austeridad judeo-cristiana con la que fuimos educados nos hacen desgustar con deleite unas galletas y unas tristes magdalenas de bolsa.
Repasando las experiencias nocturnas

Las cangrejeras ya están en los pies de la expedición. Frente a nuestros ojos se abre el estrecho de los Portalillos, donde el ancho valle del río Gévalo se convierte en un cañón de cuarcitas. En las pendientes se agarran las sufridas encinas. Junto al agua, una sauceda-fresneda, jalonada por cárex allá donde hay suelo. El río discurre natural, tal cual lo ha hecho desde miles de años, buscando paso entre las rocas, esculpiendo recuéncanos, dividiéndose en varios brazos donde le viene en gana, creando depósitos de gravas cuando pierde pendiente... Un galápago leproso nos saluda agradecido porque vamos a conocer su hogar.
El río Gévalo, en la entrada de los Portalillos
 
Se emplean varias técnicas para descender el río. Hay quien usa la técnica de me quedo en las primeras pozas y hablamos de nuestras cosas; hay quien usa la técnica de la morsa, arrastrando la tripa por lachas y cantos; hay quien prefiere la técnica del bípedo-andarríos, manteniendo (casi siempre), la vertical. Todas las escuelas son válidas por esta vez. 

El frescor del agua, la sombra de los fresnos y lo natural del paisaje se refleja en los ojos y la sonrisa de los expedicionarios (y las expedicionarias también). Todo es amor y belleza. Los infantes (Leo, Fran y Lucía) se conjuran para regresar algún día a este lugar; Bea y Laura se comprarán a partir de ahora solo camisestas azul cielo; Talma sabe a qué huelen las nubes; Darío hablará sólo en susurros;  Karen hablará sólo a voces; Silvia pondrá una pegatina con la margarita del río Gévalo en su coche rojo; Marta, Esther y Floren serán bienvenidos siempre, porque atrochan como si fueran de la partida de Chaquetalarga; Raúl es la dulzura encarnada en un ser humano.
La Sirenita del Gévalo

Y todo acaba como ya sabíamos que acabaría...De nuevo en el bar. Otra cerveza fría, por favor. La próxima no sabemos si será en un saladar, en un río cacereño o en una laguna infecta, pero sabemos que merecerá la pena.
Las chicas


Sapa común, la tremenda del Gévalo
Cascada primera de Las Lanchas
Averiguando a dónde narices vamos

Vistas del Ríncón de Anchuras desde el collado del Atalayón
Si grabamos un disco, ya tenemos contraportada moña

Tralarí, tralará
 
Cada una ha posado con su mejor cara
 

Los Portalillos
El niño de la guitarra y la bella durmiente


domingo, 19 de junio de 2016

Por la reserva natural fluvial del alto Jarama


Hay zonas escondidas, entre Madrid y Guadalajara, que nada tienen que envidiar a otros lugares privilegiados del norte peninsular. La cabecera del Jarama es uno de esos rincones. Por ese motivo han declarado hace poco tanto al río Jarama como al arroyo del Ermito con la figura de reservas naturales fluviales, galardón normativo que se concede a los mejores ríos de nuestro país. El sábado hemos ido, junto a los Ecologistas en Acción a conocer este paraíso tan cercano, pero tan lejano.

El día contaba con todos los ingredientes para que fuera un buen día de campo: autobús gratuito, un guía sabelotodo, algunos enteradillos, pan de Montejo, temperatura agradable, buena gente, buen humor y dos ríos de montaña. Cuarenta y seis pares de botas comenzaron su caminata por el sendero que subía el río Jarama por la parte de Guadalajara, frente al hayedo de Montejo.

A nuestro paso iban apareciendo hayas, abedules, cerezos silvestres, sauces negros, serbales blancos, serbales de los cazadores y álamos temblones (que tiritaban sus hojas con el más mínimo soplo de aire). El agua del río, transparente y cantarina, bajaba todavía contenta sin saber que a varios kilómetros más abajo iba a ser secuestrada por la acción reguladora de la presa del Vado.

En un recodo del río se nos informa que las reservas naturales fluviales son aquellos ríos que tienen pocas o nulas alteraciones y que se les protege a cal y canto para que se preserven en el futuro. Ahora mismo hay declaradas 82 reservas, pero hay otras 53 que están a la espera de ser declaradas cuando se modifique un Reglamento que supondrá una mejora legislativa importante para la conservación de los ríos.

Entre estas 82 reservas, Madrid y Guadalajara cuentan con la del río Jarama. Para Madrid es la única, a la espera que se declaren otras como el alto Manzanares, el Riato y Puebla. Hay otros que no han corrido tanta suerte como el Madarquillos o el Lozoya que para la Confederación del Tajo no tenían el valor sufiente. Ya sabemos que esta Confederación tiene una curiosa forma de interpretar la calidad de los ríos. Hay quien se mosquea, pero se consuela rápido, al saber que Ecologistas en Acción se está poniendo las pilas para que éstos y otros muchos más ríos sean reservas naturales fluviales.

La reserva del río Jarama no solo es del río Jarama, pues también incluye un pequeño arroyo tributario que junta sus limpias aguas al norte del hayedo de Montejo. Se trata del arroyo del Ermito. Truchas salvaGes, desmanes ibéricos y nutrias nadan y bucean en sus pozas, remansos y rápidos. De debajo de las piedras, un sabio-conocedor nos saca un elenco de bichos con aspecto antediluviano que, según parece, nos indican que el agua del Ermito es de calidad superior. Hay quien dice que no volverá a meter los pies en el río.

Pero, por desgracia, no todo es agua limpia y buena calidad fluvial en el río Jarama. El que más habla de los allí congregados nos cuenta que la presa de El Vado ha secado durante varios años los tramos por debajo de ella y que carece de caudales ecológicos que garanticen el mantenimiento de la calidad de los ecosistemas fluviales. Además el suma y sigue de agua insuficientemente tratada en las depuradoras de las poblaciones que encuentra a su paso, sumado a la actividad humana hacen que el Jarama sea un buen ejemplo de río contaminado y maltratado. Nos cuentan que los de Jarama Vivo llevan muchos años luchando para que todo esto se arregle y que les quedan muchos más para conseguirlo. Pero que por ellos no será.

Subimos Ermito arriba. Algarabía entre los paneles de abejas al saber que pasamos a su lado. Alguna se pasa en su euforia y se lía a picotazos entre el personal. Recontamos al personal y no parece que haya habido ninguna baja. Estamos todos y seguimos para adelante, que tenemos que llegar hasta unas hayas, unos acebos y unos abedules dignos de verse. Tras la comida, a más de uno se le baja la sangre al estómago.Las reservas naturales fluviales se toman sus primeras víctimas.

Solo queda bajar hasta la zona del hayedo donde el simpatico autobusero nos llevará, sin dilación, al bar donde podremos refrescar nuestras secas gargantas. Mientras se ingiere cerveza fresquita, en el brillo de las pupilas de más de uno se adivina todavía el recuerdo de las aguas del Ermito y del Jarama.

Nos quedamos con ganas de seguir conociendo otras reservas fluviales.
Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos

El río Jarama

¿Alguien se creyó que iba a ser fácil?

Arrejuntados, observando el bosque de ribera

Vamos para allá, deseosos de saber qué es una reserva natural fluvial

¿Todavía alguien no sabe qué es una reserva natural fluvial?
Los bichos, testigos de la calidad del agua

Viendo los bichos

Pepito y Cía, protegidos contra las abejas

Víctima 1 de las reservas naturales fluviales

Víctima 2 de las reservas naturales fluviales
Un famoso actor de cine y la Víctima 3 de las reservas naturales fluviales



domingo, 5 de junio de 2016

El Tajuña se defiende, de Olmeda de las Fuentes a Villar del Olmo


El Tajuña, ese valle olvidado y escondido de la Comunidad de Madrid, se le tiene que dar el valor que se merece; hay que pelear por su protección para conseguir garantizar su conservación. Los más de 30 desafiantes al calor que hoy nos hemos dado cita en los pueblos de "olmos" del Tajuña bien hemos podido comprobar lo bello, lo diverso y lo interesante de este valle. Lo vamos a conseguir, seguro que sí.

Antes de salir se hace recuento de los que estamos. Arberos y grameras, grameros y arberas, algún ecologista (en acción) y poco más. El paisaje humano es similar al de otras excursiones: la Doctora, el Orco, la Bicha, el Andarríos, el Tío Tajuñas... Se echa de menos a la Malpeinada y al Truchas, pues no es lo mismo sin estos baluartes de sus respectivas cofradías.

Subimos al páramo desde Olmeda de las Fuentes. Las cunetas de la carretera han sido tratadas con herbicida, como el resto de las vías de la Región. Desde la Dirección General de Carreteras se ha decidido favorecer el envenenamiento masivo de los campos y de las personas que por allí discurran. Se trata de una práctica completamente prescindible, contaminante, cara, absurda y, tal y como se está aplicando, contraria a la legalidad. No será el primer encuentro desagradable con el glifosato en el día de hoy.
Cuneta tratada con herbicida por la Dirección General de Carreteras

El campo ha querido hoy mostrarnos su mejor cara. Cientos de flores distribuyen su color en la campiña, entre el cereal, por las cunetas de los caminos, a través del monte adehesado que recuerda que en otros tiempos grandes rebaños de ovejas campaban aquí y allí. Los linos están en su mejor momento y nos dejan sus blancos y azules; las amapolas crean alfombras rojas entre los trigales; encinas, coscojas, almendros, aladiernos, terebintos, romeros y espantalobos ofrecen verdes con multitud de matices que hacen que hasta el Orco se ponga tierno.
Se puso tan tierno que pidió matrimonio al Tío Tajuñas

Pero no todo va a ser una película de Walt Disney. Cientos de hectáreas se muestran ante nosotros completamente yertas, sin vida. Agricultures sin escrúpulo ni conciencia, quizás víctimas de los cántos de sirena de las firmas comerciales de productos fitosanitarios nos ofrecen un espectáculo de desolación. La acción de los herbicidas han arruinado extensiones que debieran estar cubiertas por cientos de colores, de texturas, de vida y de explendor. Laura no puede contener su rabia, escupe, tira una piedra y no vuelve a decir palabra en todo el día.
Campo tratado con herbicida. Desolación y tragedia

Para muestra de los efectos del uso indiscriminado de estos fitosanitarios es que en los campos próximos a estos cultivos tratados con herbicida no encontramos ni muestra de aciano (Centaurea cyanus), una especie escasa en estos lares, pero que al inicio del recorrido nos dejaba ver sus curiosas formas azuladas.

Nos adentramos en la monumental encina de la Pica. Se trata de un ejemplar centenario con sus ramas formando una enorme bóveda que antaño sirvió de descansadero para cientos de cabezas de ganado. Dentro se está muy bien. La sombra nos da paz mientras reflexionamos sobre las prácticas agrícolas insostenibles que empobrecen nuestros campos. Es la una y media. Si hubiera estado el Truchas hubiesemos comido allí, pero como la concurrencia es aguerrida seguimos nuestro camino hacia Villar de Fuentes.
Encina de la Pica


Solo nos queda bajar al valle. El calor aprieta porque la brisa del páramo va desapareciendo. Como espectros nocturnos en busca de un alma a la que poseer, los grameros y arberos buscan reconfortar sus secas gargantas en un bar del pueblo. Esta vez lo hemos conseguido. Se entona el grito de guerra: "Trucha salvaGE, oeh, oeh, oeh".
¡Trucha salvaGe!
Tío Tajuñas buscando hierbajos

Centaurea

Lino blanco

Dentro de la encina

Marco nos recuerda que no somos nada

Amapolas en la campiña

La Bicha and Cía