lunes, 4 de julio de 2016

En el valle del Gévalo


En un rincón de los Montes de Toledo existen dos ríos que son difíciles de imaginar hasta que no los ves: el Gévalo y la garganta de Las Lanchas. Las Lanchas baja desde la ladera del valle del Gévalo por un valle angosto y de fuerte pendiente, en cuyas orillas encontramos algunas sorpresas botánicas (abedules, tejos, acebos, loros, robles...) que nos hacen creer que estamos en alguna provincia norteña; todo ello con tres espectaculares cascadas y sus correspondientes pozas. El río Gévalo, aunque largo y bien represado (herido) en su curso medio, en su cabecera atraviesa un cañón de cuarcitas que es una maravilla para los ojos, con bonitas pozas donde bucean las nutrias del Bolo. Los dos ríos están declarados reservas naturales fluviales (osea, que tienen un caché alto). Arberos, grameros y agregados (arberas y grameras y agregadas) trochamos por estas tierras y estas aguas.

Día 1. Garganta de las Lanchas
 
Las caminatas en verano hay que hacerlas tempranito y con el sol todavía bajo. Vale, empezamos mal... Salimos a las 12,30 desde Robledo del Mazo (nuestra base de operaciones) con un sol justiciero. La subida a la garganta de las Lanchas sucede sin darnos casi cuenta, pues el personal está animoso, fresco y sereno. En las zonas más bajas del valle, las repoblaciones de pinos se han impuesto al robledal, dejando el terreno muy desmejorado, pobre y sin gracia (como alguno que yo me sé).

"Preparaos, que hay 30º de nada... ¿Quién dijo miedo?"
Pero cuando nuestros pies llegan a las proximidades de la garganta, la vegetación (y el alma) mejora. Robles, brezos, algún sauce y arraclanes se hacen con la orilla del río. Pero entre todos estos árboles hay uno que destaca sobre los demás: los loros ¿Loros en Toledo? Sí, loros (Prunus lusitanica). El "enteradillo" nos explica que se trata de una especie de árbol, relicta, un resto de antiguos bosques de niebla del terciario que todavía sobrevive en el fondo de algunos valles peninsulares con unas condiciones de humedad y niebla adecuadas.

Y con los loros, llegaron las cascadas. La primera, muy fresquita, para darse una ducha. La segunda, más amplia, para darse una zambullida. Las notonectas quieren suicidarse tras la entrada de los expedicionarios en el agua. Más arriba, en río se encaja. Tejos, brezos, abedules y acebos crecen en la garganta profunda formando paisajes que recuerdan a climas subtropicales. Los sapos crecen gordos y orondos, como si estuvieran criados en Gózquez de Abajo.
 
Infantes bajo el chorro
Tras la comida hay quien sestea; hay quien crea tsunamis fluviales en las pozas; hay quien se cae al río; hay quien se baja a la segunda cascada... pero solo un grupo de valientes se atreven a remontar el valle. Realmente hay que estar algo tarado para emprender tal empresa, pero ya se sabe que esto es cosa de arberos y grameros (grameras y arberas). Entre los agregados (y agregadas) también los hay aguerridos (y aguerridas). Pues allí van, rumbo al collado del Atalayón, donde se puede divisar el rincón de Anchuras y la grandeza de las rañas castellano-manchegas. Allá, más a la derecha, debe estar Helechosa de los Montes, ese pueblo donde se escribirán en el futuro algunas de las más granadas crónicas. 
Aguerridos y aguerridas

Nuestros pasos deben dar media vuelta. Robledo del Mazo tiene tres bares, famosos en el mundo por su cerveza fría.

Suenan canciones, voces melodiosas, un penalti fallado, otro tercio por favor, corta más queso y un helado de chocolate. La felicidad está en Robledo del Mazo. La chiquillería de la expedición socializa con la población autóctona. Los viejunos se conforman con dormir con un cielo estrellado donde dar reposo a sus cansados cuerpos. 

Día 2. El estrecho del río Gévalo
 
 Tras la vivencia personal de cada cual con la noche (he pasado frío, roncabas, me da la tos, me duelen los huesos, ladró un zorro, no me he enterado de nada, qué habrá sido de nuestra descendencia...) el café llama fuertemente en las puertas del sistema nervioso de casi todos los expedicionarios. Robledo del Mazo no es conocido por grandes desayunos, pero la buena disposición y la austeridad judeo-cristiana con la que fuimos educados nos hacen desgustar con deleite unas galletas y unas tristes magdalenas de bolsa.
Repasando las experiencias nocturnas

Las cangrejeras ya están en los pies de la expedición. Frente a nuestros ojos se abre el estrecho de los Portalillos, donde el ancho valle del río Gévalo se convierte en un cañón de cuarcitas. En las pendientes se agarran las sufridas encinas. Junto al agua, una sauceda-fresneda, jalonada por cárex allá donde hay suelo. El río discurre natural, tal cual lo ha hecho desde miles de años, buscando paso entre las rocas, esculpiendo recuéncanos, dividiéndose en varios brazos donde le viene en gana, creando depósitos de gravas cuando pierde pendiente... Un galápago leproso nos saluda agradecido porque vamos a conocer su hogar.
El río Gévalo, en la entrada de los Portalillos
 
Se emplean varias técnicas para descender el río. Hay quien usa la técnica de me quedo en las primeras pozas y hablamos de nuestras cosas; hay quien usa la técnica de la morsa, arrastrando la tripa por lachas y cantos; hay quien prefiere la técnica del bípedo-andarríos, manteniendo (casi siempre), la vertical. Todas las escuelas son válidas por esta vez. 

El frescor del agua, la sombra de los fresnos y lo natural del paisaje se refleja en los ojos y la sonrisa de los expedicionarios (y las expedicionarias también). Todo es amor y belleza. Los infantes (Leo, Fran y Lucía) se conjuran para regresar algún día a este lugar; Bea y Laura se comprarán a partir de ahora solo camisestas azul cielo; Talma sabe a qué huelen las nubes; Darío hablará sólo en susurros;  Karen hablará sólo a voces; Silvia pondrá una pegatina con la margarita del río Gévalo en su coche rojo; Marta, Esther y Floren serán bienvenidos siempre, porque atrochan como si fueran de la partida de Chaquetalarga; Raúl es la dulzura encarnada en un ser humano.
La Sirenita del Gévalo

Y todo acaba como ya sabíamos que acabaría...De nuevo en el bar. Otra cerveza fría, por favor. La próxima no sabemos si será en un saladar, en un río cacereño o en una laguna infecta, pero sabemos que merecerá la pena.
Las chicas


Sapa común, la tremenda del Gévalo
Cascada primera de Las Lanchas
Averiguando a dónde narices vamos

Vistas del Ríncón de Anchuras desde el collado del Atalayón
Si grabamos un disco, ya tenemos contraportada moña

Tralarí, tralará
 
Cada una ha posado con su mejor cara
 

Los Portalillos
El niño de la guitarra y la bella durmiente


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